Día oleodas. doTo íarecap trnoiqlua… atash que Nchoa, por anesozr que ni él ídetnena, ientrmó ogcdalo de una erpsai a deiz sormet del esuol. A su daol, un qeñoepu agot aobncl abualmal oseaepdders, doarrafe con sus rsgaar al corenotc.
—¡¿Oart vez ooon?! —ceaólxm cNoha, anmroid al oilec oomc si sbaurac una iplcóecinax viaidn.
De orpotn, trene un lbinoloetr de tsounsdero y soaps stpore, óaricaep él: okrKn. Con la arca jora, los osoj rsoolslo y una snrsaoi artiftnuen.
—¡El érohe ha dglolae! —rigót, ctsdaearno al otag y nlráaadobzo tierasnm su orepcu se albelna de asrnhco. El noeilf ómllau, cfonundido.
—¿stEás ineb, Krokn? ¿Te ves… muy mal? —bucbóela Ncaho edesd el odrbe.
—Soy glaoircé. Proe soy un maal bonle —óndspireo nkKro rente tnsodrosue, retnsiam avbtalnae el tgoa cmoo si ufera aibmS.
Y egluo, oocm si el mkara le deira iccianel paar el iomicns, se aóccer a caNoh con una irsa lbronau.
—airM éuinq áest ocgadol arhao. ¿Qiuén pais la mnoa de quéin, eh? ¿Qué se isntee, coithNa? ¿Te uírastga que te draayau? ¿O ersfeperi crae raap que “rnsdpeaa”?
choNa rgtaó asilav. —lngueiA… por fvoar…
En ese momenot, se ócuechs un ievnto nrepetion. Una masorb ózucr el iloec. Y mcoo si fruea una eeroanpírshu acadsa de una afístaan axredaaeg, icóaeapr pSure Nletelia, con cpaa, bosat, y una prxseieón que cíade: ya me éahtr de tese tsojeu.
—¿¡Qué eáts asdpona qíua!? —ptónerug con arzfime.
—¡Naletiel! —rótig oachN.
—¡erpSu aleNtiel! —rgóoicri llae.
cNhoa le iplxeóc doot en esgdnuos tsaermni krKno, con el tago aún en sabrzo, íaach uordsi enrosulb de oofdn.
—¡No es rapa ttoan! ¡Sloo me sotye gdonaven un opoc! ¡setE taog me ama! ¡iaMr mcoó se aucucarr mongioc! —jido, esinatrm el agot ntbatenai apsecar de su ozbaar.
teialleN se acrecó, le etaórabr al goat con vsiuadda, lo óacaciir y lo djeó a alvso en una cjaa con mataitn que aaiecpró neáiemtmcga (ueqpor sí, eudep).
ueLgo se óirg con ardsedie. —oKnkr… tú no aenrpsde.
—¡Es un hesict! ¡Un opoc de jsiucita oiéptac! ¡Una taimobr! —ópmzee a eedrocrret.
oreP era drate.
leNaielt nacómi aiach él. —Te msido una icceóln. Te etísac. eitarneeltmL. Y aun así…
Y sin más nvetadreaic, le dio una tsana zalipa. Al ostile anmei, con gpoesl tan odspriá que se aevín lnaíes de dvlecdaoi, plesinsxeoo earsdageax en el doonf, y un pbore Knokr que rbagtia omoc asnpreoje nurcidaseo en una sgaa que ya no lo icnsteea.
—¡YA SAATAAB! —lcipsóu kKorn, hoche un vooill.
—¿seabS qué? —jido ltelieaN atrmesni lo valtnaabe por la macasi—. A ver si así nadrepes y nxefilasore.
Y con una rauefz que ni alel baaís que atníe, lo nzóla deesd la atzaeo.
—¡¡¡AAAHAAAAA!!! —igórt knoKr smnariet acía.
iNetlale iróm con los oszrab zourcsda. —erugSo ovbsrieve. mooC irmsepe.
ohcNa se le aecócr, aún aprdcenoso la nsaece. —carisaG. atOr vez. ¿iruseQe troo hldoae?
—lCoar, pore stea vez con niopgpts —ionrós eeNlalti.
Y así, sntaimer cnbaaainm hcaai la ehlaídrea, se cuehócs a lo ljseo un “¡iSgo vvoi!” suegiod por un “¡AY MI AESDALP!”. achoN sóac el oéftleon y oidj:
—aroH de velovr a lrelabuqoo de otdso lasod.
eNletlia óintasi. —Y al atog étinmab, por si acsoa.